Lo que siempre recordaré de Ginebra

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El prado de los soñadores

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Era el verano de 1955 cuando Gabriel García Márquez llegó a Ginebra como corresponsal extranjero del periódico El Espectador. Su misión sería darle cobertura a una cumbre de jefes de Estado. En sus reportes decía: “Mientras en Ginebra se habla de paz; en Marruecos, moros y europeos se matan”; la ciudad suiza “tiene menos movimiento que Manizales”; “hay tantos perros por las calles como en Magangué. Y tal vez más. Pero estos son perros civilizados, que no le ladran a nadie y obedecen las señales del tránsito”. De esta lectura me impresionó constatar que, seis décadas después, Ginebra sigue tal cual la describió García Márquez. El ambiente de paz sigue tan perfecto que, en ocasiones, hasta llegué a sentir culpa. En el ánimo de comprender esta paz desconocida escribí un texto titulado: “Los temores de una salvadoreña en Ginebra”. En esa ocasión, comparé lo que ocurrió el 23 de mayo de 2014, uno de los días más violentos en El Salvador, con lo que estaba viviendo ese mismo día en Ginebra. Entonces dije: “El contraste de vivir entre dos países, el de origen caracterizado por ser uno de los más violentos, y el de destino, uno de los más seguros del mundo, me ha obligado a pasar de la locura a la esperanza cotidianamente. Es casi inevitable trasladar escenas, compararlas y reflexionar”. Y concluí: “El único temor que ha sobrevivido y me persigue sin descanso en esta ciudad es que sigan naciendo, migrando y muriendo cientos de salvadoreños sin saber lo que se siente vivir confiando, sin prisa y sin temores”. A esta reflexión se sumó otra gran interrogante ¿Qué significa el silencio en Suiza? Fue entonces cuando escribí la columna “El silencio como símbolo de respeto”: “En Suiza, el silencio es un código indispensable de comunicación. En esta cultura el silencio es sinónimo de respeto hacia los demás”. Luego quise comprender cómo funcionaba la democracia directa suiza. Para ello me enfoqué en el peculiar perfil de la presidenta de turno Simonetta Sommaruga, una pianista de profesión, quien considera que la clave del éxito para gobernar un país multilingüe, pluriconfesional y multicultural como Suiza es saber escuchar: “Es lo que he aprendido de la música”, dijo. Y claro, viviendo en una ciudad llena de “perros civilizados”, como los describió García Márquez, era imposible no dedicar un texto a nuestros queridos chuchos. La columna “No es lo mismo un chucho salvadoreño que un perro suizo” destaca que “a diferencia del respeto y el reconocimiento que tienen los perros en la sociedad suiza, en El Salvador, los chuchos no son animales de compañía, son “compañeros” de penurias, de trabajo, de peligros y especialmente, de sobrevivencia”. Observar la vida en suiza con tanta atención me permitió llegar a ver El Salvador con otros ojos. Desde aquí todo lo que pasaba en mi país parecía más claro: el absurdo, los contrastes y la tendencia a repetir los mismos errores se convirtieron en obviedades. Lo que me ocurrió en esta ciudad fue algo así como la indicación que dan en los museos de arte: para apreciar mejor una pintura hay que tomar distancia y observarla en silencio. Aquí pude tomar distancia de El Salvador y ver que todos nuestros problemas se repiten de una generación a otra, sin tomar distancia, sin meditar, sin dialogar, sin concertar. Después de vivir en este país creo que es inútil seguir celebrando la apertura de un pozo de agua potable o la restauración de una plaza pública donde la gente llegará a sentarse con el estómago vacío y con miedo. El desarrollo es más que eso y lo que quiero para mi país es completamente diferente de lo que ahora tenemos. Es el verano de 2015 y esta será la última columna que escribo desde Ginebra. Espero que el puente que intenté construir desde aquí con mis textos haya servido para saber que debemos aspirar a construir una sociedad donde exista el respeto por la vida y las reglas de convivencia; la sencillez y la discreción; la democracia directa y la honestidad; porque ahora comprendo que no es imposible.